ESTO VA MÁS ALLÁ DE VENEZUELA, ¡IMBÉCILES!

Reflexión en voz alta y con un lenguaje fuerte y fundamento de lo que significa lo ocurrido en Venezuela ayer. Es el mundo, la humanidad misma la que está en juego. Lo firma el politólogo Andrés Rodriguez
EN LEGÍTIMA DEFENSA04/01/2026 Andrés Rodriguez / Politólogo

No se trata de si Venezuela es o no es.Se trata de apropiarse de sus recursos. Ya fue fichada. Directamente. Cuando un territorio es reducido a recursos, su población pasa a ser prescindible.

En el mundo actual puedes ser un narcoestado, un Estado terrorista, genocida o una dictadura abierta; puedes violar de forma sistemática todos y cada uno de los Derechos Humanos, y aun así no sucede nada si eres funcional a los intereses de un poder imperial, por muy decadente que sea.

Lo vemos encarnado en líderes que se permiten decir —sin rubor— que podrían disparar a alguien en las calles de Nueva York y no sufrir consecuencias. Personas encausadas por múltiples delitos que no sólo son tratadas como impunes, sino que han interiorizado esa impunidad como derecho. Cuando el poder pierde todo freno ético, la violencia deja de necesitar justificación.

No es una anécdota: es un síntoma.La impunidad no es una excepción: es una estrategia.No sólo se tolera: se normaliza.No es un fallo del sistema: es su forma de operar cuando la codicia —y con ella el robo y el crimen— se vuelven norma.

Hoy es Venezuela.Ayer fueron Nigeria, Siria, Libia, y más de doscientas cincuenta intervenciones a lo largo de una historia marcada por la expansión, el saqueo, el crimen y la destrucción.Mañana puede ser Dinamarca a través de Groenlandia.Están advertidos México, Canadá, Colombia, Brasil y tantos otros.

¿Dónde han llevado alguna vez la libertad y la democracia cuando se las ha utilizado como máscara para la dominación y el saqueo, cuando han sido usadas como coartada? Nunca fueron un regalo: siempre fueron un pretexto. Nadie está a salvo cuando la fuerza sustituye al Derecho.

Desde una mirada ética —y escribo también desde una mirada budista, no sólo como geógrafo e historiador de origen, — lo que aquí se quiebra no es solo el orden internacional, sino el principio de interdependencia.

Ninguna acción queda aislada. Ningún daño es sólo local. La violencia ejercida en nombre del beneficio o del miedo retorna, inevitablemente, como sufrimiento colectivo.Eso es karma, no como castigo, sino como consecuencia.

En términos simples, es ignorancia, convertida en estructura de poder: la desconexión radical entre los actos y sus consecuencias.

Desde la ética, cuando los medios están corrompidos por la codicia y el miedo, los fines también lo están. No hay violencia “justa” cuando nace del desprecio al otro. Las consecuencias del aferramiento a una idea ficticia de “volver a ser grandes de nuevo” son el robo, el crimen y el odio que van sembrando por donde pasan.

El Derecho Internacional ha saltado por los aires; ha sido vaciado de sentido. Las resoluciones de Naciones Unidas y la propia institución han quedado en evidencia: se incumplen sin coste real, no porque sean inútiles, sino porque falta voluntad ética, y también valor y determinación.

Aun así, siguen siendo el último dique simbólico: el único y último intento —frágil, insuficiente— desde el que aún puede pensarse un mundo mínimamente humano y habitable, y poner un límite al sufrimiento organizado por el abuso del más fuerte y sin escrúpulos. La Bestia ya anda suelta.

El escenario queda abierto para China, Rusia o cualquier actor que decida que la fuerza basta como argumento.La violación del Derecho Internacional y de la Carta de las Naciones Unidas no es un daño colateral: es un acto consciente que pone en grave peligro el orden internacional y la estabilidad de las naciones latinoamericanas en este caso, no sólo la de Venezuela. Ahí está la Doctrina Monroe renovada, el patio trasero abierto y sus recursos disponibles.

Con la acción en Venezuela, Donald Trump no sólo ha intervenido en un país soberano y secuestrado a su dirigente, violando el Derecho Internacional; ha legitimado de facto la intervención de Rusia en Ucrania y ha abierto la puerta a las que pueda emprender China.

El mensaje es inequívoco: la fuerza sustituye al derecho cuando conviene.
Adiós a Ucrania como país soberano.
Adiós a cualquier pretensión sobre un Tíbet independiente.Adiós a Taiwán.Adiós a Palestina.Atrás queda la República Árabe Saharaui Democrática, y con ella tantos otros pueblos sin poder suficiente para defenderse solos.

Como señala el budismo, no hay inocentes absolutos ni culpables puros. Hay ignorancia organizada, codicia institucionalizada y miedo convertido en sistema de dominación. Combatir eso no exige odio, sino lucidez; no exige venganza, sino responsabilidad y humanidad. Pero también que actúen las Naciones Unidas, se respeten sus resoluciones, el Derecho Internacional y actúe la Corte Penal Internacional.

Desde el Dharma, los medios y los fines no pueden separarse: la violencia nacida de la codicia no produce libertad. Lo que se sostiene mediante dominación retorna como inestabilidad. Lo que se impone por la fuerza nunca trae paz y regresa como inestabilidad y colapso. Todos los imperios caen tarde o temprano y sus coletazos siempre son horrendos, lo estamos viendo.

Lo sucedido en Venezuela es condenable sin paliativos: una injerencia inaceptable y una grave vulneración del Derecho Internacional y de los principios recogidos en la Carta de las Naciones Unidas.

Muchos de los que tenemos amigos y familiares en Venezuela estamos hoy profundamente preocupados. No hablamos de geopolítica abstracta. Hablamos de vidas concretas, de seres queridos a los que ponemos nombres y rostros. No son distintos de quienes, en cualquier lugar y en cualquier tiempo, viven bajo las bombas, el hambre o los bloqueos y asfixias económicas.

No son cifras.No son peones.Son vidas interdependientes con la nuestra.Nosotros no somos espectadores. Todos somos prescindibles —sin excepción— cuando el poder actúa sin ética, y entonces nos convertimos en daños colaterales.

Aquí resuena con fuerza la advertencia de Martin Niemöller:
«Primero vinieron —los nazis— por los comunistas, y no dije nada porque yo no era comunista.
Luego vinieron por los socialistas, y no dije nada porque yo no era socialista.
Luego vinieron por los sindicalistas, y no dije nada porque yo no era sindicalista.
Luego vinieron por los judíos, y no dije nada porque yo no era judío.
Luego vinieron por mí, y ya no quedaba nadie que pudiera protestar.»

No es sólo un recuerdo histórico. Es una ley ética: el silencio ante la injusticia ajena prepara el terreno para la propia. Cuando el expolio se normaliza, la arbitrariedad deja de escandalizar.No es sólo lo que hacen los poderosos; es lo que consienten quienes pudieron haber alzado la voz.

Si no denunciaste cuando era posible,
si no mostraste solidaridad cuando otros fueron golpeados, si no asumiste compromiso cuando el daño aún parecía lejano,entonces no esperes que alguien lo haga por ti cuando te toque.No quedará nadie que proteste.Estarás sólo ante el peligro, y no será una película.

Reafirmemos nuestro compromiso con la autodeterminación de los pueblos, la resolución pacífica de los conflictos y el fortalecimiento del Derecho Internacional, de las Naciones Unidas y del multilateralismo.

Callar ante la injusticia, la guerra y la violencia de cualquier índole no es neutralidad: es complicidad nacida del miedo.


Y el miedo, cuando se convierte en norma, termina devorando incluso a quienes creyeron estar a salvo.

Que no nos veamos buscando a nuestros muertos…porque entonces, todos lo serán.

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