
El último incendio producido en nuestro país volvió a rozar la tragedia humana. Y precisamos lo de humana porque no llegó, por muy poco, a costar la vida a ningún tinerfeño, pero que el equivalente a 11.000 campos de fútbol ardieran ya es suficientemente doloroso para calificarlo de tragedia. Esta vez las llamas y un humo asfixiante obligaron a desalojar y confinar a más de 15.000 personas. Otra vez una previsión vergonzosa, unos recursos mermados y unos hidroaviones lejanos constataron que no nos merecemos ser colonia ni para incendios.






