VIVIR SIN ALAS: UN RECLAMO DE LA DIÁSPORA CANARIA

LA BAJA DEL SECRETO El miércoles Por Luis Gómez
Luis Gómez es un joven canario de 19 años que vive en la capital de España y ha sufrido en su propia familia las dificultades que viven los residentes canarios en otros territorios del Estado. La intención de Luis con el relato que reproducimos a continuación no es otra que poner sobre la mesa el drama que supone una situación que considera que los canarios no merecemos, atendiendo a una máxima: "si no hay ruido, el silencio es sinónimo de aceptación".
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Volar sin alas.

Canarias siempre fue mi tierra, mi lugar, donde nací y crecí, donde me formé y donde aprendí. Lamentablemente por circunstancias del trabajo, tuve que mudarme a Madrid. Dejé a mis espaldas una parte de mí: rutinas, lugares especiales, amistades, y lo más importante, mi familia.

Al principio me sentí abrumado por aquella urbe tan inmensa, kilómetros de avenidas, centenares de coches en la, ruido, multitud. Aquello no tenía nada que ver con mi querida Telde, pero tampoco le tenía nada que envidiar.

Mi trabajo era bastante precario, pero era a lo poco que podía aspirar, con la llegada de la crisis mi alquiler era desproporcionadamente alto para mis ingresos, y tenía que hacer verdaderos milagros económicos para llegar a n de mes.

Era una auténtica odisea, pero no solo para mí, estoy seguro que para muchos españoles también.

Mi vida constaba de una monotonía que de la noche a la mañana, se quebró en mil pedazos. Una llamada por parte del hospital me hizo temblar, y lamentablemente todos mis temores se hicieron verdad, mi madre, la cual sufría cáncer desde hacía 2 años, había empeorado abruptamente.

Aquello me tuvo en vilo el resto del día, ella y mi hermano eran los únicos familiares que me quedaban, el resto, o habían fallecido, o se habían olvidado de nosotros.

Pedí una excedencia de 2 semanas en el trabajo, y me puse como loco a buscar un vuelo, pero no encontré nada.

Apenas tenía 100 euros ahorrados en una pequeña hucha de plástico, y con eso no me bastaba, mi hermano estaba en el paro, por lo tanto pedirle dinero no era una opción. Mi último recurso era intentar pedir un préstamo en el banco.

Me negaron el préstamo, ellos alegaron que ya había pedido varios, y no podían concederme más, yo estaba consumido por la impotencia, y estoy seguro que todas las personas allí presentes contarían a sus amistades como un hombre de unos 45 años gritaba y lloraba al mismo tiempo, pidiendo el dinero necesario para poder despedir a su madre.
Volví a mi casa, ya sin ninguna opción, pues en la vida el dinero juega contra todos, y siempre tiene la ventaja.

Caí derrotado en el sofá, hasta pasó por mi cabeza cometer un delito, tan solo para poder ver a la persona que me había traído al mundo una vez más.

Dos días después y aún sin asumir la situación, mi hermano hizo una videollamada, ahí pude ver a mi querida madre sonriendo y saludándome, exclamando que se iba a recuperar.

Yo creí sus palabras. Pero la vida no.

Esa misma noche falleció, y mi último recuerdo sería su brillante sonrisa, pero a través de una pantalla, no pude decirle adiós, abrazarla y darle las gracias por todo, tampoco acudí a su entierro.

“Ojalá poder volar” pensé, pero mis alas estaban cortadas por la magnitud de los precios, solo me quedaba lamentarme, pero preferí no hacerlo.

Esa noche me fui a dormir con la calma de que algún día, en el cielo, me reencontraría con mi querida madre, pues para llegar allí, no necesitas alas, y cuando los sentimientos entran en juego, el dinero siempre pierde.
 

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