

Es de traca que aquellos que se rasgan las vestiduras por el concierto catalán o los viajes del Falcon, que se llenan la boca con la palabra España y agitan la bandera, ahora permanezcan callados ante las fechorías de su "inviolable". Esta es la verdadera cara de la España Vasalla: la de aquellos que, mientras arman ruido por cuestiones menores, guardan un silencio cómplice ante los desmanes del anterior jefe del Estado, porque su mentalidad vasalla, enferma por sentirse súbdita, les lleva a justificar lo injustificable. Prefieren tragar antes que enfrentarse a la verdad de lo que ha sido esta monarquía.
Lo que resulta más indignante es ver cómo estos defensores acérrimos de la unidad del Estado español, que se incendian cuando un territorio reclama sus derechos o se cuestiona la gestión de un vuelo oficial, ahora miran para otro lado. Callan como si el escándalo del Borbón no fuera con ellos, como si la vergüenza no fuera de todo el Estado, sino algo a lo que se puede cerrar los ojos. Prefieren ignorar la corrupción y el abuso de poder, porque su reverencia a la corona pesa más que su sentido de la justicia. Solo una mentalidad tan vasalla, enferma por una necesidad de sentirse súbditos, es capaz de mirar hacia otro lado ante lo que se ha destapado.
Y no se trata solo de los silencios del pasado, cuando las instituciones encubrían las actividades del monarca mientras la prensa callaba y la justicia miraba hacia otro lado. Se trata también de la realidad del Estado español actual, de aquellos que todavía hoy intentan justificar lo injustificable. Los que defienden que, a pesar de todo, los “méritos” de Juan Carlos de Borbón, como su papel en la transición, deberían bastar para perdonarle sus crímenes. Es la misma España que acepta que su principal funcionario haya vivido por años de espaldas a la ley, y que su sucesor tampoco vaya a pagar la factura de los desmanes que hereda.
Pero esa misma mentalidad vasalla que tanto daño ha hecho, que ha permitido que el poder se concentre en unas pocas manos mientras la plebe paga la fiesta, también refleja una sociedad empobrecida en valores. Una sociedad que ha permitido que durante años la figura de un rey se presente como intocable, inalcanzable, por encima del resto. Solo una sociedad todavía anclada en los halos medievales de reverencia a la corona puede permitir que quienes ostentan el poder vivan a sus anchas mientras el pueblo lidia con la precariedad y la incertidumbre.
Desde Canarias, este espectáculo no nos sorprende. Sabemos bien lo que significa ser relegados y explotados por un Estado centralista que, mientras nos exige sacrificios y nos obliga a aceptar la precariedad, se ha dedicado a proteger los privilegios de una monarquía impuesta. Pero lo que nos parece inaceptable es que la misma gente que aplaude la represión contra quienes defienden su tierra y su identidad, ahora se muestre tan comprensiva con los abusos de su "inviolable".
La "España Vasalla de su Bribón" no es solo la que calló mientras el rey hacía y deshacía a su antojo. Es también la que, ahora que todo ha salido a la luz, sigue justificando, minimizando y mirando hacia otro lado. Es esa sociedad que, empobrecida en valores, sigue defendiendo que es preferible tener un rey corrupto antes que enfrentarse al reto de construir un futuro libre de ataduras. Una sociedad que prefiere la seguridad del vasallaje antes que la dignidad de la emancipación.
Los que alzan la bandera del Estado español como si fuera un símbolo sagrado, los que se escandalizan por el más mínimo gesto de autogobierno de un territorio, ahora tragan con la corrupción de su monarca porque siguen pensando como súbditos. Incapaces de admitir que el Borbón traicionó la confianza de todos, prefieren seguir en silencio, arrodillados ante el poder, incapaces de alzar la voz por miedo a perder su referencia de autoridad.
Pero la verdad es clara: mientras esta mentalidad vasalla siga prevaleciendo, mientras sigan justificando lo injustificable y permitiendo que la monarquía se ría de la ciudadanía, no habrá verdadera justicia ni democracia. Es hora de dejar de ser súbditos y convertirse en ciudadanos que exigen que todos, incluidos los que se creen intocables, rindan cuentas. Porque solo así podremos dejar atrás esta larga historia de vasallaje y construir un futuro que realmente sea de todos y no de unos pocos.
Para quienes vivimos en un territorio colonizado, para quienes sabemos lo que significa ser olvidados por la metrópoli, no se trata de pedirle al Estado español que se reforme, sino de reconocer que la monarquía es solo un síntoma de un problema mucho más profundo. Es la estructura de un Estado que ha preferido siempre proteger a sus élites antes que escuchar las voces de los territorios que ha sometido. Por eso, desde Canarias, el reto no es la integración ni la reforma, sino la emancipación de un sistema que nunca ha sido nuestro.
La "España Vasalla de su Bribón" ha demostrado ser incapaz de enfrentarse a la verdad de su propia historia. Pero nosotros, desde Canarias, tenemos la responsabilidad de romper con esa cadena de sumisión, de construir un camino propio donde no seamos súbditos de nadie, y donde las injusticias que hoy se encubren desde la capital no sean la norma, sino una lección de lo que nunca más debemos aceptar.



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