
UN MUNDO SIN LINEAS ROJAS: LA COMUNIDAD INTERNACIONAL HA MUERTO
LO QUE PENSAMOS25/03/2025
Semanario LA RAÍZ
Desde los atentados del 11 de septiembre de 2001, se abrió una era marcada por una renovada y agresiva doctrina de dominación global. Aquel momento trágico se convirtió para muchos en el pretexto perfecto para que Estados Unidos y sus aliados desplegaran una política exterior basada en el intervencionismo militar, la apropiación de recursos estratégicos y el desmantelamiento de soberanías en países como Irak, Libia, Siria e Irán. La ONU, que debería haber ejercido un rol de contención, quedó profundamente tocada. Su voz, entonces, sonó baja, vacilante, casi cómplice. Sin embargo, aún quedaban vestigios de dignidad internacional: amplios sectores de la comunidad internacional decidieron no sumarse a aquella cruzada, con la excepción de gobiernos alineados como el del entonces presidente español José María Aznar.
Pero lo que ha ocurrido en Palestina desde que Israel inició su brutal ofensiva marca un punto de no retorno. Esta vez no estamos ante una invasión encubierta en discursos de liberación o de “lucha contra el terrorismo”. Esta vez, el horror se presenta sin máscaras: un Estado ha decidido exterminar a un pueblo entero, despojado, confinado, sitiado. Más de 50.000 muertos, en su mayoría mujeres, niños y ancianos. Y ante esta masacre —porque no cabe otro término— el silencio de las Naciones Unidas ha sido ensordecedor.
El concepto de "comunidad internacional" ha muerto. No es que esté herido. No está en crisis. Ha muerto. Enterrado bajo los escombros de Gaza, bajo los gritos de los niños que nadie quiso escuchar, bajo las bombas que se lanzaron sin condena, sin sanciones, sin justicia.
¿Dónde están las medidas punitivas que deberían haber aislado al gobierno de Israel? ¿Dónde está el embargo económico, la presión diplomática, el boicot político? ¿Dónde está la ética que debería guiar las acciones de los organismos internacionales?
Este vacío absoluto de respuesta no solo legitima la barbarie, sino que inaugura una nueva era: una en la que cualquier régimen, cualquier país, cualquier entidad armada puede cometer un genocidio sin consecuencias. Se ha cruzado la última línea roja, y ahora el mundo entra en una fase de oscuridad moral donde la impunidad es la nueva norma.
¿Qué argumentos tendrá la ONU mañana para condenar otra limpieza étnica, otra guerra preventiva, otro muro de ocupación? ¿Con qué autoridad va a invocar el derecho internacional cuando ha sido incapaz de detener la desaparición programada de todo un pueblo?
Este no es solo un fracaso diplomático. Es el derrumbe ético de un sistema que ya no sirve ni para proteger ni para prevenir. Si el mundo quiere recuperar su alma, su humanidad, su propia decencia, tendrá que empezar por nombrar lo ocurrido como lo que es: un genocidio. Y luego, actuar. Porque si no lo hace, no quedará nadie que escuche la próxima vez que llamen desde las ruinas.



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