
Drago Canarias estalla contra la turistificación en El Cotillo: tres camas turísticas por cada dos vecinos
Semanario LA RAÍZ
El Cotillo siempre fue el tópico perfecto del pueblo atlántico: casas bajas levantadas por sus propios vecinos, vida de espaldas al turismo de masas y una costa que parecía demasiado lejos de todo como para convertirse en escaparate inmobiliario. Eso ya es pasado.
Hoy, en este núcleo del municipio de La Oliva, en el norte de Fuerteventura, hay unas 2.500 plazas turísticas para apenas 1.730 personas empadronadas. Traducido: tres plazas de alojamiento por cada dos habitantes. Drago Canarias habla de “turistificación acelerada” y de “reemplazo poblacional” y pone a El Cotillo como ejemplo extremo del modelo que se está extendiendo por el archipiélago.
De pueblo de pescadores a escaparate de villas de lujo
El contraste es evidente. Donde antes dominaban las casas terreras de una planta, construidas con recursos propios y pensadas para vivir todo el año, ahora proliferan manzanas enteras de viviendas vacacionales y villas de alto standing orientadas al turismo y a nuevos residentes con mucho dinero.
Durante un recorrido por las zonas más afectadas, la portavoz de Drago Canarias en Fuerteventura, Aceysele Chacón, describe un cambio de paisaje que no es solo urbanístico, sino social: “El Cotillo ya no se planifica para quienes viven y trabajan aquí, sino para quien puede pagarlo al contado”.
Según denuncia, cada vez llegan más compradores con alto poder adquisitivo dispuestos a abonar alrededor de 300.000 euros por vivienda “a tocateja”, sin hipoteca. Este tipo de operaciones, explica, “dispara los precios de forma artificial” y expulsa del mercado a las familias locales, que no pueden competir con esos niveles de renta.
No solo la vivienda: el pueblo se encarece entero
La subida de precios no se limita al ladrillo. Chacón subraya que el impacto se nota ya en el día a día de cualquier vecino: la compra en el supermercado, el café del bar, una cerveza en la terraza habitual o los productos de las tiendas de toda la vida.
El Cotillo se encarece al ritmo que se multiplican sus plazas turísticas. Lo que para el visitante puede ser un destino “con encanto” y buenos servicios, para una parte de su vecindario se convierte en un lugar cada vez menos accesible para vivir.
Trabajar en El Cotillo, dormir en una caravana
La paradoja más cruda la viven quienes sostienen ese modelo: camareras, personal de limpieza, dependientes, trabajadores de pequeños comercios, hostelería y servicios básicos.
Chacón denuncia que “buena parte de los trabajadores y trabajadoras de El Cotillo viven en furgonetas y caravanas” porque, aunque tengan empleo, el salario no les alcanza para asumir un alquiler en el propio pueblo o en su entorno cercano. Lo define como “uno de los mayores dramas del Archipiélago: personas trabajadoras sirviendo a turistas y a residentes ricos a cambio de un sueldo que no da ni para un techo digno”.
No se trata de un experimento de vida nómada ni de una moda camper. Son personas que se ven empujadas a dormir en vehículos aparcados en las afueras o en solares improvisados, mientras cada temporada se inauguran nuevos alojamientos turísticos.
Un municipio sin Plan General y con el ladrillo mandando
Para Drago Canarias, el problema no se explica solo por la presión turística, sino también por la ausencia de herramientas públicas que ordenen el territorio. La Oliva, recuerdan, sigue sin Plan General de Ordenación (PGO) en vigor.
Esa falta de planificación ha dejado, en la práctica, el avance del modelo inmobiliario en manos de los intereses privados. “Se construye de forma descontrolada, sin planificación y sin atender a las necesidades de los vecinos y vecinas”, advierte Chacón.
La portavoz insiste en que no basta con aprobar cualquier PGO: “No se trata solo de sacar adelante un plan, sino de hacerlo contando con la voluntad de la población y con la protección del territorio y de nuestra identidad como pueblo”. El temor de Drago es que el futuro planeamiento llegue demasiado tarde para quienes ya han tenido que marcharse o malviven en viviendas precarias.
Un alcalde agente inmobiliario y la amenaza de unir El Cotillo y El Roque
A este escenario se suma un elemento especialmente sensible: el alcalde de La Oliva es también agente inmobiliario. Para Drago Canarias, esta doble condición aumenta la desconfianza sobre cómo se va a diseñar el futuro urbanístico del municipio.
Chacón denuncia que “ya se está hablando de que el futuro PGO va a permitir construir entre El Cotillo y El Roque, que es el pueblo más cercano”. Urbanizar esa franja supondría, en la práctica, crear un continuo turístico-residencial a lo largo de una costa especialmente presionada por el mercado.
La formación ve en esa posibilidad “una muestra más de la falta de sensibilidad de nuestros dirigentes hacia el territorio” y un riesgo añadido para la supervivencia del tejido social tradicional de la zona.
El Cotillo como síntoma de algo más grande
La situación de El Cotillo no es una rareza aislada en un mapa, sino un síntoma. Drago Canarias la señala como ejemplo de un modelo productivo basado en el turismo de masas, que genera cifras récord de visitantes mientras envejece, precariza o directamente expulsa a quienes hacen posible esa industria.
La pregunta de fondo es sencilla y, a la vez, incómoda: ¿quién puede vivir hoy en los lugares más deseados de Canarias? ¿Las personas que trabajan allí y sostienen la economía local o quienes pueden llegar con 300.000 euros en la cuenta y pagarlos “a tocateja” por una casa junto al mar?
Mientras la respuesta se deja en manos del mercado y de planes urbanísticos que no terminan de llegar, El Cotillo avanza por la senda que describe Drago Canarias: cada vez más plazas turísticas, menos vecinos estables y más trabajadores durmiendo en una caravana después de servir desayunos con vistas al océano.


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