
La conciencia negada: por qué un pueblo colonizado no se reconoce como tal

A lo largo de la historia, la colonización ha adoptado múltiples formas, desde la ocupación militar explícita hasta estructuras más sutiles e internalizadas. Sin embargo, uno de los efectos más profundos y persistentes de la colonización no es solo el dominio territorial o económico, sino la transformación de la conciencia del colonizado. En este artículo, exploraremos por qué pueblos como el canario —con una historia colonial evidente— no se reconocen a sí mismos como colonizados.
1. La colonización como proceso de interiorización
Frantz Fanon, en su análisis seminal del colonialismo, afirmó que “el colonizado tiende a interiorizar la imagen que el colonizador tiene de él”. La colonización no solo impone leyes y estructuras de poder, sino que también fabrica identidades. En el caso del pueblo canario, la colonización castellana no se limitó a la conquista del siglo XV. Fue seguida por siglos de imposición cultural, religiosa y lingüística, en un proceso de “españolización” profunda que buscó borrar o subordinar los rastros de las culturas indígenas guanches.
El resultado es que muchas generaciones nacieron ya con una identidad moldeada por el colonizador, sin memoria directa de lo perdido ni herramientas para cuestionar la narrativa dominante. La identidad se naturaliza. El colonizado no se reconoce como tal porque ha aprendido a verse con los ojos del colonizador.
2. El privilegio del olvido
Otra dimensión crucial es el olvido inducido. A menudo, los pueblos colonizados no conservan en su conciencia histórica las huellas del trauma colonial. En Canarias, el sistema educativo, los relatos oficiales y los medios de comunicación han contribuido a una visión “españolizada” de la historia, en la que la colonización se presenta como un episodio civilizatorio, cuando no directamente como una incorporación “natural” al proyecto nacional español.
Este olvido se convierte en una forma de anestesia cultural. La ausencia de memoria histórica impide la emergencia de una conciencia crítica. Y, como advirtió Walter Benjamin, “la historia la escriben los vencedores”. En ese relato, los vencidos aprenden a no verse.
3. La colonización como normalidad
En muchos casos, el colonizado no se reconoce como tal porque la colonización se presenta como la única realidad posible. La hegemonía cultural, económica y política impuesta por la metrópoli genera dependencia estructural. Cuando el joven canario estudia en universidades españolas, consume medios españoles y se integra en un mercado laboral diseñado en Madrid o Bruselas, difícilmente puede concebir una alternativa.
La colonización moderna no requiere cadenas físicas: opera a través de estructuras mentales y simbólicas. Antonio Gramsci hablaba de “hegemonía cultural” para describir este fenómeno: la capacidad de una clase o grupo dominante para imponer su visión del mundo como universal. En Canarias, esa hegemonía es tan eficaz que muchos canarios consideran su realidad “normal”, y cualquier cuestionamiento suena a separatismo o locura.
4. La falsa inclusión y el mito del mestizaje
Un recurso habitual del discurso colonial es la idea del mestizaje armónico. En Canarias, se ha construido la idea de un “pueblo mestizo” que funde lo guanche y lo español en una supuesta síntesis feliz. Este discurso oculta las violencias fundacionales, la extinción de lenguas, la destrucción de cosmovisiones, la esclavitud indígena y la expropiación territorial.
El mito del mestizaje opera como una trampa: hace imposible hablar de colonización sin parecer divisivo. La falsa inclusión impide la memoria crítica. En lugar de permitir que los pueblos reconozcan sus heridas, les ofrece una identidad prefabricada en la que “todo está resuelto”.
5. ¿Es posible despertar?
A pesar de esta anestesia cultural, en Canarias —como en otros territorios colonizados— existen voces críticas, movimientos sociales y expresiones culturales que reclaman una relectura de la historia. Despertar implica romper con el relato impuesto, reconstruir la memoria colectiva y reimaginar un futuro propio.
Como señaló Aimé Césaire, “la colonización deshumaniza incluso al colonizador”. Reconocer la colonización no es un ejercicio de victimismo, sino de emancipación. Es el primer paso para rehumanizar al pueblo que ha sido narrado por otros durante siglos.
Conclusión
Que un pueblo como el canario no se reconozca como colonizado no es una anomalía, sino el resultado esperado de un proceso histórico y cultural profundamente eficaz. La colonización ha triunfado no solo cuando se ocupa un territorio, sino cuando se conquista la mente. Y esa conquista, cuando es invisible, es doblemente poderosa.
Descolonizar no es solo recuperar lo perdido, sino aprender a mirar con otros ojos, con los propios. Y ese es un acto filosófico, político y profundamente humano.



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