
INFILTRADO: ASÍ SE FABRICA EL ODIO DIGITAL DE LA ULTRADERECHA ESPAÑOLA (I)
Semanario LA RAÍZ
Durante cuatro años, un joven estudiante de Psicología canario, que aquí llamaremos Luis, formó parte de una red organizada que se dedicaba a manipular conversaciones en redes sociales desde posiciones de extrema derecha. No era un espía ni un periodista infiltrado. Entró por curiosidad y, durante un tiempo, por afinidad. Salió cuando entendió que el objetivo no era “defender ideas”, sino sembrar odio y desinformación.
Su relato, verificado y editado para proteger su identidad, describe cómo funcionan estas pequeñas estructuras que consiguen amplificar mensajes políticos, polarizar debates y desgastar a quienes piensan distinto.
De Arucas a Madrid: del aula de Psicología al laboratorio del enfado
Luis tiene 28 años y nació en Arucas (Gran Canaria).En 2019 se mudó a Madrid para estudiar Psicología.Lo que empezó como un cambio de vida acabó convirtiéndose en una experiencia de manipulación emocional y política.
“En Canarias somos distintos. Hasta los fachas son suaves para lo que he terminado viendo en la Península”, dice.
Durante los confinamientos de 2020 pasó horas en Internet. En foros y grupos de Telegram encontró un ambiente que mezclaba desahogo, nacionalismo y crítica a “la dictadura progre”. Aquello no le pareció peligroso. Sonaba, incluso, a rebeldía.
“Empecé compartiendo memes, vídeos que me parecían graciosos, frases que sonaban inteligentes. Me decían que era ‘uno de los despiertos’. Y me lo creí.”
La puerta de entrada: Telegram y la sensación de pertenencia
El reclutamiento no es una película de espías.Llega en forma de mensaje privado: un enlace a un grupo con cientos de personas indignadas por lo mismo que tú.
“Si estás harto de que nos manipulen, únete y actúa”, decía el mensaje.Entró.
El grupo tenía nombres patrióticos, frases de batalla cultural y un flujo constante de mensajes contra feministas, inmigrantes y medios de comunicación. En pocos días ya participaba activamente.
“La sensación de comunidad era brutal. Te escuchan, te contestan, te aplauden. Si haces un comentario ingenioso, te felicitan. Te sientes útil.”Ahí está el primer anzuelo: pertenecer a algo.No te reclutan con ideología, te captan con calor humano.
El salto: del chat abierto al grupo operativo
Después de tres meses, uno de los administradores lo contactó por privado.
“Se te ve implicado. Te metemos en el grupo operativo.”Ese grupo, recuerda, tenía unas 50 personas activas.Los demás eran ruido de fondo.
El nuevo espacio no era un debate: era un centro de operaciones.
Cada mañana llegaba un “paquete” de contenido:mensajes tipo “argumentario” con 3 o 4 frases clave,enlaces a publicaciones donde intervenir,memes listos para usar,un tono sugerido (“indignado”, “irónico”, “con burla”).
No se improvisaba nada.Había horarios, roles y coordinadores.
“A veces se hablaba de forma casi militar: ‘Equipo A, atacad este hashtag’; ‘Equipo B, comentad en tal periódico’. Todo muy medido.”Luis lo define así:
“No era una comunidad de ideas. Era una fábrica de emociones.”
Cómo se mide el éxito
La regla era simple: si haces ruido, ganas.
El objetivo no era convencer a nadie, sino ocupar el espacio:que el hilo se llene de insultos, que la gente se canse y se vaya, que la conversación pierda calidad. Si la plaza pública se llena de gritos, los gritos mandan.
“Nos daban métricas: capturas con números de interacciones, mensajes de felicitación tipo ‘hemos logrado desplazar el debate’. Te lo creías.”
Poco a poco, los temas se volvieron más duros: inmigración, violencia de género, derechos LGTBI, memoria histórica.
Siempre con el mismo guion: buscar una noticia, exagerarla, dotarla de carga emocional y atacar a quienes la cuestionen.
Torre Pacheco: el punto de ruptura
La campaña más brutal que recuerda fue tras un suceso violento en Torre Pacheco (Murcia).
Un vídeo circuló y el grupo recibió instrucciones inmediatas.
“Decían: ‘Hay que explotar esto. Es el momento’. Nos dieron frases y etiquetas para repetir. Yo participé al principio, sin pensar. Luego vi lo que se estaba generando.”
En pocas horas, el suceso se convirtió en una tormenta de odio racial en redes.
La Policía confirmó después que gran parte del contenido que circuló era falso o manipulado.
Luis dice que ese día se dio cuenta de todo:
“No buscábamos justicia. Buscábamos incendiar.”
La vida fuera del teclado
Fuera del grupo, Luis seguía siendo estudiante, camarero a tiempo parcial, un joven más en Madrid.Nadie habría imaginado lo que hacía por las noches desde su móvil.
“A veces salía a fumar al balcón después de escribir un mensaje de odio y me preguntaba: ¿cómo he llegado aquí?”
Dos veces al año vuelve a Arucas.
Allí, dice, se limpia.
“Mi madre no entiende del todo lo que pasó. Yo tampoco. Pero en la isla uno respira distinto. Allí se discute y luego se toma un café. En Madrid y en esos chats, todo es guerra.”
Salir sin desaparecer
Dejar una red así no es fácil.Si anuncias que te vas, te acusan de traidor.Así que se salió sin ruido: dejó de publicar, dejó de responder, se volvió invisible.
“Guardé capturas, mensajes, esquemas. No por venganza, sino porque sentí que alguien tenía que entender cómo funciona esto.”
Tiempo después, comenzó a colaborar con organizaciones europeas que estudian la desinformación y la manipulación política.
Lo hace con discreción.
“No soy un héroe. Fui parte de algo sucio. Pero contar cómo funciona es una forma de reparar.”
Por qué su historia importa
Lo que cuenta Luis no es un caso aislado.
Numerosos estudios y reportes de redes sociales y organizaciones europeas describen el mismo patrón:grupos pequeños, organizados, que producen y amplifican mensajes para crear la ilusión de consenso o alimentar conflictos.
No hacen falta miles de personas: cincuenta cuentas coordinadas pueden manipular un debate nacional.
“Es ingeniería emocional. Juegan con lo que te duele y con lo que te da miedo. Si consiguen que sientas antes de pensar, ya ganaron.”
Próxima entrega
“La maquinaria: cómo se coordina el ruido digital”
Una radiografía técnica y política de las estructuras que convierten grupos marginales en fábricas de tendencia.


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