
A desalambrar, para ganarle la guerra cultural al colonialismo

En Canarias, las múltiples crisis sociales, ambientales y económicas se suceden como olas que golpean las islas una y otra vez. A pesar de ello, la respuesta de la población parece apagada, contenida, como si el fuego de la protesta apenas lograra encenderse. El desconcierto es inevitable: ¿qué frena la reacción popular? ¿Qué explica esta aparente resignación colectiva?
Para entenderlo, hay que mirar hacia atrás, hacia las raíces profundas que han moldeado nuestra historia y nuestra forma de estar en el mundo. Existe una clave histórica que muchos prefieren ignorar: el colonialismo y sus secuelas. Este legado ha sembrado en la psique del canario una indefensión aprendida que, generación tras generación, ha consolidado una parálisis colectiva difícil de romper.
A lo largo de los siglos, cada vez que el pueblo canario intentó levantar la voz, reclamar derechos o luchar por mejores condiciones de vida, fue reprimido o, peor aún, ignorado. El silencio como respuesta repetida ha calado hondo, generando la creencia de que resistirse no tiene sentido porque, haga lo que haga, nada cambiará. Así, la adaptación y la resignación se han convertido en parte de nuestra identidad.
Es la metáfora del elefante encadenado. Cuando el elefante es pequeño, se le ata con una cuerda que intenta romper una y otra vez sin éxito. Al final, aprende que no puede liberarse. Cuando crece, aunque tenga fuerza suficiente para arrancar el poste de cuajo, jamás lo intenta. El canario es ese elefante. La cuerda ya no está, pero el condicionamiento permanece.
A esta dinámica histórica se suma el papel del turismo, que ha contribuido a reforzar esta mentalidad. Nos han vendido durante décadas la idea de que vivimos en un paraíso y que debemos estar agradecidos por ello. “¡Qué suerte vivir aquí!”, repetimos como un mantra, mientras a nuestro alrededor el paisaje se degrada, la vivienda se encarece y nuestra cultura se diluye.
El modelo turístico, que inicialmente fue visto como una bendición económica, ha mostrado con el tiempo sus sombras: destrucción del medioambiente, precariedad laboral, crisis habitacional y pérdida de identidad cultural. Sabemos que este modelo es insostenible, pero lo aceptamos porque tememos perder lo poco que tenemos. El turismo es nuestra principal fuente de ingresos, y criticarlo parece un acto de autodestrucción. Nos encontramos atrapados en una paradoja: somos conscientes de que este camino nos lleva al abismo, pero cambiarlo parece demasiado arriesgado.
Ahora, con el modelo económico cabalgando hiperdopado, el turísmo desbordado y fuera de control, esa contradicción empieza a aflorar. La población comienza a ser consciente de que algo no funciona. Sin embargo, deshacerse de décadas de sumisión mental no es tarea fácil. El cambio no ocurre de la noche a la mañana.
Lo que estamos presenciando es una evolución del colonialismo hacia una forma aún más perversa. Lo llamo el “síndrome de la posada”. Antes, el turista era un visitante temporal. Venía, gastaba y se iba. Ahora, el turista se queda. Compra casas, acapara recursos y termina desplazando a la población canaria. El canario pasa de ser anfitrión a convertirse en extraño en su propia tierra.
Esa sensación de tener el control, aunque fuera de manera simbólica, se ha desmoronado. El “posadero” que creía manejar el negocio, se da cuenta de que el huésped ha tomado las riendas. Las protestas del 20 de abril y el 20 de octubre reflejan esta ruptura. La primera movilización reunió a más de 200.000 personas; la segunda, apenas 10.000. La falta de respuesta institucional o, peor aún, la sensación de que nada se logrará, vuelve a activar la indefensión aprendida. El ciclo de resignación se reinicia.
Pero este ciclo puede romperse. El cambio, sin embargo, no será inmediato ni sencillo. Requiere un trabajo de fondo, similar al que se realiza en psicología clínica cuando un terapeuta ayuda a un paciente a superar una fobia o a desmontar creencias irracionales. Se trata de realizar una reestructuración cognitiva a nivel colectivo.
El colonialismo nos dejó algo más dañino que la explotación económica: nos dejó un relato. Un discurso que nos ha hecho creer que dependemos de España, de la UE y de las ayudas externas porque, sin ellas, no sabríamos sobrevivir. ¿Se imaginan el daño que causa escuchar durante generaciones que eres incapaz de prosperar por ti mismo? Esta narrativa es un acto de crueldad hacia todo un pueblo.
El canario vive atrapado en un sueño del que no es consciente. Un sueño donde el protector es, en realidad, el verdugo. Sin embargo, las nuevas generaciones han crecido con una mayor autoestima hacia lo canario. Este orgullo puede convertirse en la chispa que encienda una transformación real, pero necesita canalizarse hacia un proyecto que mire al futuro con ambición.
El camino hacia el cambio no pasa por lamentar nuestras desgracias, sino por construir una visión de Canarias rica, sostenible y justa. Canarias puede convertirse en una Noruega del Atlántico, impulsada por energías renovables y una economía del bien común. Podemos ser un puente entre continentes, un referente global en sostenibilidad.
El empoderamiento llegará cuando dejemos de contar nuestras cadenas y empecemos a forjar nuestro futuro sin ellas. La oportunidad histórica está a nuestro alcance, pero solo podremos aprovecharla cuando creamos que nos la merecemos.
No somos posaderos. Somos dueños de nuestra casa, de nuestra tierra y de nuestro destino. El miedo es el mayor legado del colonialismo, y deshacernos de él es nuestro mayor acto de resistencia.
Es hora de desalambrar. De cortar las cuerdas invisibles que aún nos atan. La guerra cultural contra el colonialismo no se gana esperando respuestas de fuera, sino recuperando nuestra voz y reescribiendo nuestro relato. El futuro de Canarias depende de que entendamos que somos capaces, y de que creamos, de una vez por todas, que podemos construir un país digno, soberano y libre.



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