
TRUMP ARDE EN LAS PALMAS: UNA PROTESTA SIMBÓLICA CONTRA EL PODER QUE QUIERE AMEDRENTAR AL MUNDO
Semanario LA RAÍZ
El mural ardió durante unos minutos. El mensaje pretende durar más. La protesta, organizada por el colectivo canario Acción Insumisa, no fue una acción espontánea ni un gesto estético, sino un acto político cuidadosamente diseñado para provocar debate. El fuego, explican en su comunicado, no iba dirigido a una persona concreta, sino a lo que representa: un modelo de dominación que, cuando pierde legitimidad, recurre abiertamente a la fuerza.
En el texto difundido tras la acción, los activistas describen al expresidente estadounidense como un “síntoma terminal” de una estructura de poder global en decadencia. A su juicio, el problema no es solo la figura de Trump, sino el sistema que lo hace posible y lo utiliza cuando la hegemonía se resquebraja. “No gobierna quien convence, sino quien amenaza”, viene a resumir el diagnóstico del colectivo.
La crítica se extiende con especial dureza a la Unión Europea, a la que acusan de actuar como un actor subordinado, incapaz de defender una política exterior propia y atrapado en una relación de dependencia con Washington. Según Acción Insumisa, la legalidad internacional se ha convertido en un instrumento selectivo: se invoca cuando conviene y se ignora cuando estorba, mientras los grandes medios y los gobiernos occidentales miran hacia otro lado.
El comunicado describe un escenario internacional dominado por lo que denominan una “lógica gangsteril”: relaciones entre Estados basadas en el chantaje, el reparto de zonas de influencia y la impunidad del más fuerte.
En ese marco, sostienen, el derecho no desaparece, pero se privatiza; los procedimientos democráticos se vacían de contenido y las instituciones quedan al servicio de intereses económicos y geopolíticos.
Lejos de plantear soluciones inmediatas, el colectivo rechaza la idea de que un simple cambio electoral pueda revertir la situación. “Lo que se ha roto es estructural”, advierten, y su reconstrucción —material y ética— exigirá tiempo, organización y una respuesta colectiva sostenida. Mientras tanto, alertan del peligro de normalizar el autoritarismo y de dejarse arrastrar por los discursos de la extrema derecha.
Entre las propuestas que esbozan figuran el distanciamiento del eje atlántico, una mayor apertura hacia el Sur Global, la redistribución de la riqueza, la reducción de las desigualdades y la recuperación de la agenda climática y tecnológica, hoy —denuncian— relegada frente a los intereses militares y corporativos.
También señalan la necesidad de romper la dependencia de las grandes tecnológicas estadounidenses y de combatir sin ambigüedades sus proyectos autoritarios.
La acción concluyó sin incidentes y sin intervención policial, según fuentes del propio colectivo. El mural ya no está. Pero el objetivo, insisten, no era la imagen, sino la conversación pública que deja tras de sí. Una pregunta incómoda que sigue flotando en el aire: cuánto miedo estamos dispuestos a aceptar antes de llamar a las cosas por su nombre.


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