
La Isleta, 15 de noviembre: la verdad que resiste 114 años después
ACTIVISTAS13/11/2025
Semanario LA RAÍZ
Este sábado, 15 de noviembre de 2025, se cumplen 114 años de una jornada que marcó a fuego el barrio de La Isleta y que aún pide justicia y memoria. El volumen colectivo La Isleta Rebelde. Homenaje a los obreros asesinados el 15 de noviembre de 1911 reúne documentos, actas notariales, testimonios y fotografías que reconstruyen —con el detalle de una investigación de archivo— cómo una elección municipal degeneró en la muerte de seis trabajadores del muelle y en una larga batalla pública por la verdad. El libro, coordinado y editado por Jorge Pulido Santana, recupera piezas esenciales del expediente y la memoria isletera que hasta entonces estaban dispersas.
Lo que ocurrió en la calle La Marina aquel 15 de noviembre se lee en el libro como una concatenación de decisiones, rumores y errores: una repetición de mesa electoral para la sección de Arenales, una convocatoria masiva de trabajadores del puerto —atraídos por la falsa noticia de una detención— y la presencia de fuerzas armadas que, por orden del mando, abrieron fuego durante el escrutinio. El saldo oficial: seis muertos —Pedro Montenegro González, Juan Pérez Cruz, Cosme Ruiz Hernández, Juan Torres Luzardo, Vicente Hernández Vera y Juan Vargas Morales— y varios heridos; varios de los fallecidos murieron horas o días después de los disparos en el Hospital San Martín. El libro reproduce listas, necrológicas y testimonios que confirman nombres y edades.

El material que aporta la obra no es anecdótico: contiene las cuatro actas notariales levantadas por Agustín Delgado el mismo día —documentos que el autor reproduce tal cual y que se conservan en el Archivo Histórico Provincial— y que permiten seguir, paso a paso, quién fue dónde, quién declaró qué y cuáles fueron las contradicciones esenciales entre versiones oficiales y testimonios civiles. Esas actas son, como subraya el libro, uno de los elementos más novedosos y decisivos para entender el proceso judicial que vino después.
Contradicciones y versiones enfrentadas atraviesan toda la investigación: mientras la Guardia Civil y las autoridades repitieron desde el principio que fueron agredidos —con piedras y disparos— y que la fuerza tuvo que repeler la agresión, numerosos testigos presenciales, médicos forenses y el propio detalle de las autopsias mostraron que varias balas alcanzaron a las víctimas por la espalda, que no hubo siempre toques reglamentarios de aviso y que hubo disparos desde puntos donde se acumulaban los partidarios conservadores. El libro recoge ambas narrativas —las publicadas por los diarios de la época y las actas judiciales— y las contrasta, dejando en evidencia la fragilidad de la versión oficial.
La causa penal y militar tuvo episodios que, aún hoy, parecen una cacofonía de plazos cambiados y decisiones con efecto político. El consejo de guerra al teniente Juan Abella —responsable de la fuerza que cargó— se anunció con rapidez en 1912 pero no se celebró hasta enero de 1913; la expectación pública fue tal que tuvo que ser trasladado a la Audiencia y vigilado con fuerte dispositivo militar. El libro reconstruye esa vista, las declaraciones de capitanes y testigos, y muestra cómo la política local y la presión de la prensa condicionaron el relato público.
Si hay una lección que extrae la investigación, es que la memoria se hace con documentos y con paciencia. La única sentencia condenatoria que se derivó directamente de aquellos sucesos, según las actas reproducidas, fue contra Juan Álamo García por delitos electorales (sentencia de enero de 1914); muchas de las responsabilidades políticas y militares nunca llegaron a traducirse en castigo proporcional a la magnitud de la tragedia. Las actas notariales y el sumario sirven hoy para preguntarnos quién protegió a quién y por qué la cadena de responsabilidades se diluyó.

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El mérito de este libro —y por eso conviene destacarlo— no es sólo reunir fuentes ya conocidas, sino brindar herramientas para el debate público contemporáneo: mapas, fotografías de Paco Villanueva, actas notarias reproducidas íntegramente y testimonios vivos que enlazan 1911 con la memoria popular del barrio. Ese trabajo de archivo, edición y difusión ha sido impulsado por colectivos culturales isleteros y por el Instituto que ha coordinado la edición, y por la labor sostenida de Jorge Pulido Santana, cuya coordinación y empeño han hecho posible que hoy, en 2025, no se redescubra un hecho sino que se exponga y se explique con rigor documental. El libro no es sólo conmemoración: es investigación aplicada a la memoria.
La circulación pública de esos materiales ha tenido consecuencias concretas: iniciativas municipales para reponer placas conmemorativas, propuestas de nombres de calles en homenaje a las víctimas y la instalación de un monumento en 2019 son pasos visibles de una comunidad que ha hecho de la memoria una política local. El volumen documenta esas iniciativas recientes y pone de relieve cómo la historiografía social puede articularse con la acción vecinal.
Un periodista de investigación no puede callarse las preguntas que el libro plantea: ¿qué papel jugaron la prensa y los caciques locales en la manipulación de noticias (la detención falsa que provocó la llegada masiva de obreros, según algunas versiones)? ¿quién ordenó la intervención militar y por qué la respuesta fue la descarga en vez del uso de la caballería para dispersar? ¿por qué las responsabilidades políticas se diluyeron en tribunales militares y en maniobras procesales que demoraron juicios y, en la práctica, impidieron una sanción ejemplar? El propio cruce de fuentes que ofrece el libro permite responder parcialmente, pero sobre todo obliga a mantener la exigencia de claridad: la documentación está ahí para quien quiera seguirla.
Hoy, homenaje y rigor van de la mano. Rendir tributo a los seis obreros asesinados —recordar sus nombres y sus familias, como hace el libro— no es sólo un acto de emoción, es una obligación cívica: mantener el registro de lo sucedido y evitar la banalización de la violencia estatal. El trabajo de difusión impulsado desde La Isleta —con exposiciones, actos y publicaciones— y la edición de este volumen son parte de esa obligación. El Instituto y las asociaciones vecinales que han sostenido la memoria han transformado el recuerdo en patrimonio público.
Si la historia sirve para algo es para impedir que se repitan sus peores momentos. La investigación que recoge La Isleta Rebelde no se conforma con el recuento: desmonta versiones, aporta pruebas y coloca en primer plano a las víctimas y a sus familias. Es un periodismo a la antigua usanza —archivo, cotejo y relato— pero con la fuerza democrática de la divulgación colectiva. Este sábado, en el 114º aniversario, el homenaje tendrá que ser también una promesa: la promesa de seguir investigando, de no aceptar versiones oficiales que no resisten la comprobación y de mantener viva la memoria de quienes pagaron con su vida el ejercicio de derechos tan básicos como el voto.
En el nombre de la investigación y de la memoria, gracias a quienes han desenterrado las actas, las fotografías y los nombres. Y gracias, en especial, al trabajo editorial y de difusión coordinado por Jorge Pulido Santana y a las instituciones y colectivos isleteros que han empujado para que la historia no se borre. La mejor ofrenda a los mártires del 15N es leer, entender y mantener despierta la pregunta: ¿quién pagó el precio de la paz social y quién rindió cuentas por ello? El libro ofrece las fuentes para que esa pregunta siga viva.


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