
EE. UU. al borde del abismo: cuando los ricos compran la democracia y los pobres cargan las armas

La pesadilla americana ya no es una distopía de Hollywood: es el país que se mira cada mañana al espejo y no reconoce su propio rostro. En los despachos de Washington y en los rascacielos de Manhattan, una casta de multimillonarios ha secuestrado la república. En los barrios obreros, la rabia hierve. En los campos de Texas o Michigan, hombres armados esperan la orden, convencidos de que luchan por “su” América.
Mientras tanto, la política oficial —republicana y demócrata— sigue representando a los mismos dueños de siempre.
Donald Trump no cayó del cielo: fue el síntoma más extremo de un sistema podrido. Su discurso autoritario, que ahora llama “terroristas” a quienes protestan y amenaza a periodistas, solo puede entenderse en un país que lleva décadas desmantelando la confianza en lo público y entregando la economía al casino financiero.
Pero sería un error pensar que el Partido Demócrata es su antídoto. Desde Clinton hasta Biden, pasando por los tecnócratas que gobiernan hoy, el liberalismo demócrata ha protegido los intereses de Wall Street tanto como cualquier republicano. Son ellos quienes aprobaron rescates bancarios, reformas laborales blandas y leyes que permitieron a los ricos pagar menos impuestos que un camionero de Ohio.
El resultado es un país en el que la clase trabajadora ha sido traicionada por ambos partidos, y donde la desesperación encuentra salida en la violencia o en el fanatismo.
El país más armado del mundo, está hoy sin rumbo ni justicia. Ninguna democracia moderna combina tanta desigualdad con tanto poder de fuego. Más de 390 millones de armas circulan entre 335 millones de personas. No es cultura, es negocio: las armas son la última inversión estable del capitalismo norteamericano. Cuando un gobierno llama “terroristas” a sus propios manifestantes, ¿qué crees que harán millones de ciudadanos armados, convencidos de que su voz ya no vale nada?
El riesgo de una guerra civil no se mide en batallas, sino en grietas: una policía que obedece órdenes ilegales, estados que se niegan a cooperar con Washington, comunidades que se arman porque ya no confían en nadie. Esa desintegración ya empezó.
El silencio cómplice de las élites demócratas es un hecho.Mientras Trump desmantela derechos y amenaza a gobernadores, los líderes demócratas responden con comunicados tibios y cenas de gala. No hay oposición real, solo marketing. Las promesas de “unidad nacional” suenan huecas cuando las grandes fortunas financian a ambos bandos.
En Nueva York y Chicago, sin embargo, una izquierda municipal insurgente empieza a marcar otro rumbo. Los candidatos socialistas que surgen de los sindicatos, de las luchas por la vivienda o de los barrios multirraciales hablan el idioma del pueblo real: justicia económica, control público de los servicios básicos, fin de la impunidad de los millonarios. No son revolucionarios románticos: son los únicos que entienden que sin igualdad no hay democracia que sobreviva.
Trump encarna la obscenidad del poder, pero su existencia es posible porque el sistema lo permitió. Cuando el dinero compra elecciones, los tribunales son rehenes y los medios temen perder publicidad, lo que queda de democracia se convierte en decorado.
El establishment —de ambos partidos— ha jugado con fuego. Y en un país donde todo el mundo está armado, ese fuego puede prender de verdad. No con tanques y trincheras, sino con mil guerras locales: en los barrios, en las redes, en los tribunales, en los cuerpos de quienes ya no tienen nada que perder.
La pregunta no es si habrá guerra civil, sino si aún queda tiempo para evitarla.
La esperanza no está en el Congreso ni en los tribunales federales. Está en los movimientos que luchan por salarios dignos, por la vivienda pública, por la sanidad universal. Está en los alcaldes y concejales socialistas que desafían al poder del dinero en las ciudades que aún resisten.
Porque si Estados Unidos ha de salvarse de sí mismo, no lo hará por sus millonarios ni por sus generales, sino por su gente.Y esa gente, cansada de promesas vacías, empieza a despertar.


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