
El criminal Presidente de EEUU ha sobrepasado todas las líneas rojas y ha ordenado ilegalmente a su ejército a bombardear un país soberano como Venezuela y secuestrado a su Presidente legítimo. La comunidad internacional asiste a un nuevo episodio de terrorismo de Estado por parte de un país frente a otro. Esa misma comunidad que denunció la invasión rusa de Ucrania, pero que asistió equidistante al genocidio de Gaza, está a punto de morir políticamente si no responde de forma contundente a lo que está ocurriendo desde hace horas en Venezuela. Este hecho es de extrema gravedad porque no representa sólo otra salvaje actuación pirata de EEUU en otra nación soberana, sino un salto cualitativo que puede desencadenar un conflicto militar global.




Llevamos décadas asistiendo a una degradación evidente del régimen que un día se nos vendió como Estado social y de Derecho. Los de arriba nos vendieron que la soberanía residía en el pueblo, que el juego democrático era limpio, que existían tres poderes independientes y que las instituciones públicas garantizarían los derechos fundamentales y básicos de personas y territorios. La realidad ha sido y es otra. Todo lo que se nos vende es puro escaparate. El legislativo es puro teatro, el ejecutivo un frontón que no escucha ni empatiza y el judicial una cohorte podrida donde han anidado mercenarios al servicio de quienes les colocan. Los partidos españoles, desde sus extremos a sus centros son sólo clanes, gremios e instrumentos que persiguen su propia supervivencia y la de quienes les financian. Las administraciones públicas están carcomidas, son dinosaurios que torpemente apenas progresan ni avanzan para dar verdaderas respuestas a los ciudadanos, esos que pagan sus salarios pero que asisten a una precariedad perpétua y tortuosa en servicios. 








