
LOS QUE ELIGIERON SER UNIÓN EUROPEA "A SU MANERA"
Semanario LA RAÍZ
Tienen pasaporte europeo, pero no pertenecen a la Unión Europea.Votan en las elecciones de su país, pero no disfrutan/perjudican del mercado único, ni del espacio Schengen, ni de muchas de las normas que rigen el continente.Son ciudadanos europeos… pero viven fuera de Europa, porque nunca estuvieron geográficamente en ella.
Son los Países y Territorios de Ultramar —los PTU— una veintena de islas y enclaves repartidos por el planeta que administrativamente dependen de tres Estados miembros (Francia, los Países Bajos y Dinamarca). Herencias de la historia colonial europea, hoy funcionan como una constelación de excepciones jurídicas en torno a la UE: ni dentro ni fuera, ni plenamente soberanos ni del todo integrados. A su manera y mejor interés.
Las colonias que sobrevivieron a la integración
Cuando se firmaron los Tratados de Roma en 1957, Europa aún era un club de potencias coloniales. Francia, Bélgica y los Países Bajos tenían territorios repartidos por medio mundo. Aquellos acuerdos incluyeron una cláusula para mantener la “asociación” con las colonias de ultramar, un eufemismo para seguir controlando mercados y recursos sin integrarlos políticamente.
Décadas después, casi todas esas colonias se independizaron. Pero un puñado decidió mantener su vínculo con la metrópoli, y por extensión, con Europa. Así nacieron los PTU, un estatus intermedio entre la independencia y la plena integración.
En 2025, estos territorios son 13 bajo bandera francesa, 6 bajo bandera neerlandesa y 1 bajo bandera danesa. Y aunque cada uno tiene su propia Constitución y gobierno local, todos comparten un mismo principio: no forman parte del territorio de la UE.Pero sus ciudadanos sí pueden ser europeos.
El Caribe: Europa bajo el sol tropical
El Caribe concentra la mayoría de los PTU.
Ahí están Aruba, Curazao y Sint Maarten, países autónomos dentro del Reino de los Países Bajos. También las islas Bonaire, Saba y San Eustaquio, de estatus más limitado pero igualmente dependientes de La Haya.En el mapa parecen pequeñas, pero su complejidad jurídica es inmensa.
Son islas con Parlamento, bandera, moneda propia (florín o dólar), y un representante del rey de los Países Bajos. Tienen nacionalidad neerlandesa, y por tanto ciudadanía europea. Pero sus territorios están fuera del mercado único, fuera del espacio Schengen, y no aplican el euro.
Para Bruselas, son “territorios de ultramar asociados”. Para los que viven allí, eso significa poder viajar a Ámsterdam sin visado, pero también quedar al margen de las ayudas agrícolas, los fondos de cohesión y buena parte del marco legal comunitario.
“Somos europeos de papel”, decía en una entrevista un funcionario de Curazao, “pero Europa está tan lejos que parece otro planeta”.
Groenlandia: el único que, de momento, ha podido irse
El caso de Groenlandia es todavía más singular.Pertenece al Reino de Dinamarca, pero en 1985 decidió salir de la Comunidad Económica Europea tras un referéndum. Fue el primer —y hasta el Brexit, el único— territorio en marcharse de la Unión.
Groenlandia sigue usando el pasaporte danés, pero su estatus ante la UE es el de “país y territorio de ultramar”. Eso le da acceso privilegiado al mercado europeo para exportar pescado y minerales, pero sin estar sujeta a las normas de Bruselas.
Tiene su propio gobierno, su propia bandera y un Parlamento que cada vez reclama más autonomía.
El acuerdo funciona: la UE mantiene relaciones comerciales y estratégicas con una isla enorme —clave por sus recursos y su posición en el Ártico— sin tener que asumir los costes de integrarla. Es un vínculo práctico, pero asimétrico.
Los franceses del otro lado del mundo
Francia es el país europeo con más territorios de ultramar, pero no todos son iguales.Algunos —como Martinica, Reunión o Guayana Francesa— son Regiones Ultraperiféricas (RUP) y forman parte de la UE. Otros, en cambio, como Polinesia Francesa, Nueva Caledonia, San Pedro y Miquelón o Wallis y Futuna, son PTU.
Eso significa que sus ciudadanos son franceses y europeos, pero viven en territorios fuera de la Unión.
En Tahití, por ejemplo, el euro no circula: se usa el franco del Pacífico. Los productos europeos pagan aranceles. Y las normas medioambientales o laborales europeas no se aplican del mismo modo.
A cambio, esos territorios disfrutan de un grado de autonomía amplísimo y de acuerdos de cooperación que les permiten recibir fondos europeos específicos, gestionados directamente con Bruselas.
En teoría, es un sistema de “asociación voluntaria”. En la práctica, es un equilibrio entre la dependencia económica y la distancia política.
Un limbo legal con ventajas… y trampas
La posición de los PTU es tan singular que a veces parece un fallo del sistema.
Están ligados a la UE por un cordón umbilical jurídico: reciben fondos, tienen acceso comercial preferente y participan en programas europeos de educación o investigación. Pero no aplican la legislación común ni forman parte de la unión aduanera.
Esa “semiperiferia europea” tiene ventajas: menos impuestos, más libertad fiscal, y la posibilidad de diseñar políticas adaptadas a su contexto local. Pero también tiene trampas.
Cuando llega una crisis —económica, sanitaria o climática— no siempre pueden recurrir a los mismos mecanismos que los países de la UE.
Durante la pandemia de la COVID-19, por ejemplo, muchos de estos territorios quedaron fuera del reparto directo de vacunas de la Comisión Europea y tuvieron que depender de los envíos de sus metrópolis.
En materia de cambio climático, son los primeros en sufrir los efectos del calentamiento global y los últimos en beneficiarse de las políticas europeas de adaptación.
Ciudadanos de Europa… pero a su manera
La paradoja es evidente: un habitante de Curazao o de la Polinesia Francesa puede presentarse en cualquier frontera con un pasaporte europeo, pero su territorio no es Europa.
Tiene derechos individuales de ciudadano europeo, pero vive en un espacio que no goza de las mismas normas, ayudas ni garantías.
La Unión defiende este sistema como una forma de “reconocer la diversidad histórica y geográfica” de sus Estados miembros. En otras palabras: aceptar la herencia colonial sin integrarla del todo.
Pero para quienes viven en esos lugares, la sensación es otra. La ciudadanía europea se siente como una membresía a medias.
El politólogo francés Jean-Yves Barou decía hace poco que “los PTU son el espejo incómodo de la Europa poscolonial: conservan los vínculos, pero sin asumir del todo las consecuencias”.
¿Europa global o colonialismo reciclado?
La existencia de los PTU plantea una pregunta incómoda:¿Son una muestra de la vocación global de Europa o el último vestigio del viejo colonialismo?. Y otra aún más incómoda: ¿porqué se empeña en querer aparentar que tras sus RUP también hay colonialismo?.
Por un lado, la UE obtiene proyección mundial gracias a ellos: presencia en el Caribe, el Índico, el Pacífico y el Ártico. Por otro, mantiene un sistema en el que Bruselas regula territorios que ni siquiera forman parte de su territorio aduanero ni político.
En un momento en que la Unión busca presentarse como potencia democrática y poscolonial, estos pequeños enclaves —dependientes, semiautónomos y jurídicamente ambiguos— son una anomalía que cuesta explicar, pero más cuesta explicar que una RUP tenga menos margen de maniobra que una colonia de las de siempre.
Europa en los márgenes
En definitiva, los Países y Territorios de Ultramar son la periferia más lejana de Europa, tanto en lo geográfico como en lo político.Viven entre dos mundos: el de la autonomía local y el de la dependencia europea; el de la ciudadanía plena y el de la exclusión práctica.
Sus habitantes son europeos por derecho, pero su territorio no lo es.
Y esa contradicción —entre la letra del pasaporte y la realidad del mapa— resume mejor que nada la Europa del siglo XXI: una Unión que se quiere universal, pero que sigue dividida por los ecos de su pasado.
A todos estos territorios les va mejor que siendo colonias, pero mucho mejor que siendo RUP. Para quien ha sido RUP, como Canarias, durante más de 25 años, resulta evidente que ese "disfraz" colonial no era más ventajoso que ser PTU. El mundo cambió y la UE se empeña en obviar que Naciones Unidas le exigía erradicar toda forma de colonialismo.
Preparamos un artículo donde desarrollar cómo le podría ir a Canarias siendo PTU. Ya como RUP sabemos que nos va...como colonia.
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