
ESPAÑOLIDAD: ESE LASTRE INCRUSTADO QUE NO ES SINÓNIMO DE OPORTUNIDAD
Semanario LA RAÍZ
La españolidad es una expresión que va más allá y define mucho más que el hecho mismo de tener esa nacionalidad. La españolidad está imbuida de una forma y manera de entender su cultura, su lengua, su historia y sus relaciones con otros pueblos, que obviamente quedó marcada, lastrada y sesgada por dos hechos históricos importantes: su etapa colonial y el franquismo. En ambas, sus élites, las mismas antes y ahora, construyeron un concepto de la españolidad cimentado en la prepotencia, la intolerancia, la soberbia y la supremacía ante todo aquel que no consideren un igual. Así lo español era lo que ellos decidían, el español la lengua por ellos hablada, el buen español quien ellos consideraran, lo mejor para España lo que coincidiera con intereses de su clase y lo que no siguiera su encorsetada forma de pensar, podía ser considerado salvaje, primitivo, enemigo, infiel, bárbaro, traidor y así mil adjetivos más según la època, todos con afán peyorativo, descalificativo, humillante y por ende a erradicar. Esa forma tan impropia e indecente de entender la relación entre individuos, comunidades, pueblos o incluso entre ellos mismos, les generó en el pasado, pero también en el presente, una reacción lógica de rebeldía, de disidencia, de contra, de aversión, para con ese pensamiento único.
Así las cosas, durante cientos de años, se construyó un discurso en el que por amor a España se pudo asesinar, robar, encarcelar, reprimir, adoctrinar, sacrificar, excomulgar y silenciar a cualquiera. Durante cientos de años, se hizo coincidir la españolidad con una épica y un orgullo donde brilló más lo rancio, lo grotesco, lo superficial, lo mediocre, la picaresca y el sálvase quien pueda, en vez de otra donde pudiera tener cabida lo meritorio, lo inteligente, la altura de miras, el verdadero cambio a mejor.
Y como consecuencia de este conjunto, del nacer, crecer, vivir y morir en medio de este "modus vivendi y operandi" español, se traduce la inmersión en la que vive y sobrevive una gran parte de la población española y/o españolizada, esa que se muestra inerte ante sus padeceres pero entusiasmada con sus banderías y pendones.
Por eso resulta lógico, normal, sano y deseable romper con esa españolidad, con quienes la sostienen "a espada y crucifijo" o la mantienen para "más caenas". Y esto no es en absoluto un alegato contra esa otra parte de la sociedad española, eso sí minoritaria, que siente y padece esa "españolidad". Esto es un llamado a entender que lo que está instalado hasta el tuétano como espíritu de esa Patria, es un obstáculo para quienes queremos una sociedad liberada de todas esas lacras culturales, sociales, políticas y económicas. España y su Estado no tienen arreglo posible, por eso es fundamental romper con el modelo de relación que con ambos tenemos. Con España es inviable un cambio en profundidad, irrealizable el desplazamiento del poder de sus élites, ingente la revolución cultural que habría que acometer con sus maneras de pensar, hacer y actuar. Para los canarios además, sólo saliendo de unas relaciones donde la sumisión, subordinación, imperativa dependencia y clichés extendidos, estuvieran estirpados, seria posible otra para un beneficio recíproco, una convivencia respetuosa y una amistad sinceras. Deseable sí, pero necesitada de la Independencia canaria para poder tener una oportunidad.



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